Al pensar en ella la recuerdo como una niña insolente, consentida, caprichosa y testaruda.
Pocas veces disfrutaba verdaderamente de sus logros. Creció entendiendo que entre más les diera gusto a los otros, era más fácil sacarles provecho pues la premiaban por su "buena conducta".
Así fue que comenzó a sentir la necesidad de sobresalir, de ganar, de demostrarles a otros que ella era mejor. Con cada éxito, ganaba un premio y sobretodo, conseguía la sensación de aceptación, los demás la recibían con agrado y si alguien más trataba de ganarse ese lugar, inmediatamente se sentía amenazada, así que generalmente atacaba a las personas que la hacían sentir vulnerable.
¡Qué gran sensación la de finalmente haber alcanzado la meta!, aunque fuera sólo para demostrar que nadie más que ella, merecía ser reconocido.
Y cuando estudió en las escuelas públicas le pareció insufrible la mediocridad del sistema educativo porque veía cómo los alumnos más populares eran quienes menos se esforzaban, así que se distanció de la mayoría de sus compañeros. Tuvo algunas amigas excelentes, la querían tal cual era, algunas hasta la admiraban y ella las valoró enormemente desde entonces por que le dieron el privilegio de la duda y la dejaron equivocarse sin represión y sin retirarle la amistad; además, supieron ver más allá de la soberbia que esta niña usaba para protegerse de las críticas, las exigencias, etc.
Ese “caparazón” también le servía para ocultar su lado sensible, la parte de su ser que anhelaba algo diferente, algo suyo exclusivamente que en ese momento no podía definir, escondía un idealismo auténtico que proponía vivir en un mundo mejor del que conocía.
Durante esta etapa hasta la adolescencia logró embonar correctamente en los esquemas de comportamiento preestablecidos en su entorno: alumna ejemplar, hija consentida, siempre a la moda y asidua consumidora de productos finos de perfumería, ropa y zapatos, siempre “al día” de los programas extranjeros de televisión por cable y música comercial.
Un buen ejemplo de lo que para las empresas mercantilistas es el cliente ideal, fanático de gastar en banalidades para lograr el sentimiento de pertenencia, alguien que desde la infancia aprendió que el estatus depende de la cantidad de cosas materiales, que para tener estatus es indispensable cuadrar en los esquemas que la sociedad demanda, alguien que a pesar de los conocimientos que dan los libros y otros medios de comunicación actualizados, no cuestiona aún lo suficiente como para tomar las decisiones con libre albedrío, es decir con convicción.
Así la recuerdo, esa niña fui yo.
domingo, 15 de marzo de 2009
Capítulo 1 "Del enajenamiento y la necesidad de pertenencia"
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