El 9 de noviembre de 1989 cayó el "muro de Berlín", yo tenía 10 años, estaba a punto de terminar la primaria y ansiaba llegar a la secundaria para poder al fin ampliar mis horizontes.
Pero al poco tiempo de comenzar mis estudios en la secundaria diurna 125, me dí cuenta de que no cubría mis expectativas, afortunadamente conocí el movimiento scout y fui miembro activa de la asociación de scouts de México lo suficiente para no querer volver a serlo. Pero esa experiencia sólo avivó mi sed de descubrir el mundo más allá de las fronteras que hasta ese momento conocía.Comencé a estudiar francés y me inscribí en un grupo de intercambio estudiantil en la UNAM.
Además encontré una singular amistad en algunas de mis vecinas con quien comencé a desenvolverme en el ambiente de los antros, la moda y algunos otros vicios. Entonces conocí el dolor de perder a alguien a causa de la drogadicción, algo que me ha marcado por el resto de mi vida.
Al llegar al CCH procuré adaptarme y sacar lo mejor de algo que no esperé que significara tanto, pues no tenía planeado quedarme a estudiar allí, pero afortunadamente entendí el sistema y lo aproveché lo más que pude: tomé clases de jazz, de teatro, de francés, conocí gente muy interesante, e hice amigos que me enseñaron el significado de la palabra "pertenencia" en el sentido de sentirse incluido y protegido por un grupo.
Luego viajé a Francia y me enamoré de París a pesar de que apenas tuve una "probadita" de todo lo que se puede vivir en esa maravillosa ciudad. Al fin comenzaba a recorrer el mundo, los conceptos de libertad, independencia, responsabilidad y logro, tenían mucho más sentido en ese momento. Tenía definida una identidad, muchos proyectos y entusiasmo por continuar mi autoconocimiento y desarrollo personal.
Al regresar a México me topé con un gran contraste, más que nada porque una crisis económica (la de 1994 cuando Salinas terminó su sexenio y ocurrió el llamado "Error de Diciembre"), obligó a mis padres a tomar la decisión de vender la casa y el negocio, así que mi familia y yo migramos de domicilio en domicilio hasta refugiarnos en la casa de mi abuelo en Xochimilco hasta que se recuperara nuestro patrimonio. Como dije fue un gran contraste después de que meses antes había presenciado la opulencia del palacio de Versalles, estar tratando de abrigarnos del frío en una construcción en obra negra viendo cómo las pocas posesiones que nos quedaban se echaban a perder por la humedad, las ratas y el guano de las palomas.
Estaba furiosa por el hecho de que las pérdidas materiales me desmoralizaran, pues hasta entonces creí haber dejado de ser tan superficial. Pero luego comprendí que no sólo eran las pertenencias sino todo el estilo de vida que llevaba lo que había cambiado, para entonces comenzaba mis estudios en la facultad de medicina y decidí sumergirme en los libros y demás actividades para evadir (aunque fuera por unas horas), una realidad que detestaba y que me frustraba tanto.
Evadir la realidad me provocó daños emocionales, y usar mi carrera como refugio sólo empeoró las cosas; mi idealismo ha chocado tantas veces contra la opuesta realidad que me ha dejado aturdida al punto de dejar de reconocerme a mí misma. En algún punto entre esta maraña de sentimientos, pérdidas y cambios, simplemente me perdí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario